domingo, agosto 14, 2005

Inequidad y Sida en Chile


Según estudio de ONUSIDA

Migrantes e indígenas son los nuevos grupos vulnerables al VIH en Chile

Aún no representan riesgo epidemiológico, sin embargo son potenciales víctimas del virus. Los pueblos originarios porque creen que el mal afecta a quienes no son de su comunidad. Y los extranjeros de paso porque el estrés, la soledad y el hacinamiento pueden cambiar su conducta sexual.

Ermy Araya M.
La Nación

“Me quedé helado… en blanco”. Cristóbal tiene 23 años, es mapuche y hace dos años que le diagnosticaron VIH. Su vida transcurre sin mayores sobresaltos en Chiloé, donde vive de la artesanía indígena.
Recuerda que todo fue confuso y rápido. Con unos amigos, conoció a unas “chilenas” con quienes pasó una noche de placer sin más preocupación que la novedad de involucrarse con mujeres que no eran de su comunidad.
“Nunca me interesó cuidarme y ese día no fue la excepción. Ahora sé que tengo que usar preservativos y de hecho los uso”, comenta.
Su familia no sabe que tiene sida, porque “en nuestra casa no se habla de sexo, no existe ni para bien ni para mal”.
Hoy tiene sentimientos encontrados. Una mezcla de desidia y resignación con que asume este mal, que sigue sumiéndolo en el mundo de la marginalidad y la discriminación. “Muy pocos saben que tengo VIH y en el hospital donde me atiendo, el doctor siempre revisa a todos y deja a los ‘indios’ para el final…”, dice Cristóbal.
La historia de este joven mapuche no es una excepción, al igual que la de los migrantes que se mueven por nuestro país.
Dos grupos sociales que si bien aún no presentan un riesgo epidemiológico para la expansión del VIH, fueron incluidos en el “Estudio de caracterización de los factores de riesgo y vulnerabilidad frente al VIH/SIDA”.
La investigación se inserta dentro del proyecto del Fondo Global, Componente de Prevención y Proyecto: Desarrollo de Modelos y Estrategias de Prevención en Poblaciones Vulnerables Emergentes de Onusida.
El objetivo del sondeo -al que tuvo acceso exclusivo La Nación- fue conocer los nuevos grupos con mayor riesgo dentro de la población chilena, dejando atrás a los ya tradicionales como homosexuales, bisexuales y trabajadoras sexuales.
Así se estudiaron además las mujeres dueñas de casa, los jóvenes, los trabajadores y la población que habita en los sectores rurales.
Según la directora de la Comisión Nacional del Sida (Conasida), Edith Ortiz, a diferencia de los otros grupos sociales estudiados, las condiciones de discriminación y estigmatización que enfrentan los pueblos indígenas y los migrantes, los hacen especiales.
“Era importante conocer el nivel de vulnerabilidad que presentaban, de manera de adelantarse y apuntar con medidas de prevención de acuerdo a su nivel social y cultural. Queremos luchar contra la inequidad social y hacernos cargo de aquellos sectores que están socialmente más desprotegidos”, explicó.
El tema no es menor si se considera que no existen registros estadísticos oficiales sobre el número de indígenas y migrantes infectados por VIH, ni menos un seguimiento de los casos.

Un mal de otros

En el primer estudio, se trabajó con tres pueblos originarios: mapuche, aymaras y rapanuis.
Los dos primeros grupos étnicos se consideraron no sólo por su relevancia demográfica e histórica, sino que también por el alto desplazamiento territorial y migratorio que presentan, lo cual puede asociarse a conductas de riesgo para contraer enfermedades de transmisión sexual (ETS) y VIH.
En el caso de los rapanui, fueron escogidos por presentar características que los hacen proclives a adquirir ETS y VIH, como son el aislamiento territorial, el gran flujo turístico que recibe Isla de Pascua y el contacto interétnico, entre otros factores.
Se entrevistó a más de 60 personas de entre 15 y 56 años de edad, de ambos sexos en las regiones Primera, Quinta, Novena y Metropolitana.
Los resultados no dejan de ser sorprendentes. Para los miembros de los pueblos originarios, el sida no aparece como un tema relevante, sino que es visto más bien como un “mal” de los “otros”. Es decir, del resto de la población chilena.
Y en caso de afectar a algún miembro de su colectividad, este mal debiera tratarse con la medicina tradicional por ser enfermedad “occidental”, “importada” o “extranjera”.
Incluso aquellas conductas que se relacionan con el VIH como la homosexualidad, la infidelidad, la prostitución entre otras, también son vistas como ajenas a la comunidad indígena.
Lo mismo ocurre con la etnia rapanui, que al vivir en una isla que está geográficamente aislada del resto del continente -según el estudio- tiene una falsa percepción de protección, al estar “contenida” por límites naturales.
“Este grupo al igual que el resto de la población chilena, no visualiza el tema de la incorporación cotidiana dentro de sus prácticas sexuales, de estrategias de prevención como uso de preservativo u otras”, aseguró la encargada de los estudios en población vulnerable del Conasida, Marcela Morales.
Así, pareciera ser “protector” para la mayoría de las personas que pertenecen a los pueblos originarios, el apego a la cultura tradicional.
La particular mirada que tiene la comunidad indígena del VIH también pasa por la forma en que asumen su sexualidad. De acuerdo con el estudio, las tres etnias viven el sexo con absoluta reserva y silencio. Ni hablar de aceptar la homosexualidad como parte de la comunidad indígena, que es vista como el principal medio para contraer el VIH.
¿Cómo hablar entonces de sexualidad y sida en culturas donde estos conceptos son tabú?
Para Morales, el gran desafío de las autoridades es crear estrategias de prevención cercanas a la cultura de estas comunidades.
“Es importante enfrentar el tema del VIH con un lenguaje que trascienda el área técnica o normativa, y que permita dialogar en torno a la sexualidad. Pero además enfocar la prevención no sólo en el uso del condón, sino que debe también potenciar las prácticas propias de protección de cada cultura”, agregó la especialista.
También es importante -concluye el estudio- focalizar las estrategias hacia los indígenas más jóvenes que migran a las ciudades y viven en internados en calidad de estudiantes.
“Los líderes al interior de las comunidades indígenas cumplen un rol clave a la hora de difundir los mensajes preventivos, porque son vistos como pares”, planteó Ortiz.

Extranjeros en tránsito

En el caso del estudio que investigó a la población migrante, se encuestó a 589 personas concentradas en las regiones Iquique, Valparaíso y Santiago.
La idea era conocer los niveles de riesgo y los factores de vulnerabilidad que presenta este grupo social, centrado en dos grupos de alto interés: las trabajadoras de casa particular y trabajadoras sexuales.
Esto porque de las 185 mil personas nacidas en el extranjero residentes actualmente en Chile -según el censo del año 2002- gran parte de los flujos migratorios están formados principalmente por mujeres que provienen de países vecinos y del Caribe.
A esto se sumó la mirada de los actores sociales de las principales organizaciones relacionadas con el tema que existen en esas ciudades.
La investigación reveló los peligros que pueden ofrecer los países o lugares que los migrantes llaman de “tránsito”. Aquí, las oportunidades de adquirir el VIH pueden verse acrecentadas por la posibilidad de tener intercambios sexuales en medio de un clima donde se lucha por la sobrevivencia.
Una vez en el lugar de destino, las condiciones de riesgo no necesariamente disminuyen. Problemas en el nuevo medio, la separación de la pareja estable, las condiciones de hacinamiento, el estrés y la vulnerabilidad asociada al proceso migratorio, influyen en su comportamiento sexual.
Sin embargo, Ortiz aclara que ser migrante y también indígena no es en sí mismo un factor de riesgo para contraer el VIH. “Son las situaciones que se encuentran y los posibles comportamientos adoptados durante su desplazamiento a otros países lo que aumenta la vulnerabilidad de infectarse por este mal”, dijo.
De todos modos, Morales destaca el hecho de que la población extranjera no tiene conciencia de que el transitar de un país a otro, representa un peligro de contraer el sida.
Tanto es así que pese a que la mayoría de los migrantes asegura en el estudio contar con la información suficiente respecto al sida, a la hora de poner en práctica esos conocimientos, las conductas responsables se desvanecen. O sea, se valora por un lado la importancia de usar preservativos pero casi ninguno reconoce usar condón o al menos no en forma sistemática.
Ambas especialistas coinciden en que implementar una política de prevención para los migrantes no es una tarea fácil. Su movilidad y heterogeneidad social y cultural son barreras que pueden jugar en contra a la hora de establecer procesos que se inserten en la cotidianeidad de sus vidas.
“No todos los migrantes que llegan a Chile son peruanos o de bajos recursos. Por eso es fundamental trabajar con las redes sociales que los extranjeros establecen en nuestro país”, concluyeron.
Pero esta no es la única investigación que se ha adentrado en el comportamiento sexual de la población migratoria.
El Comité de Refugiados Peruanos en Chile realizó un estudio que da cuenta de las bondades que entrega nuestro país al amigo que es forastero.
“Los peruanos que viven en provincias pequeñas llegan a Santiago a trabajar. Pero el estrés y la soledad provoca que los compatriotas se destapen y liberen el fin de semana. Muchos con algunos tragos en el cuerpo, se creen dueños del mundo y tienen relaciones sexuales sin ninguna protección”, explicó el presidente de esta agrupación, Raúl Paiba.
Según el dirigente, muchos peruanos se inician sexualmente en Chile, lo cual se ve reforzado por la frustración y las condiciones de vida que enfrentan y que no siempre son las mejores. “Los jóvenes que están acá no tienen mucho contacto con sus familias y son más vulnerables a caer en los vicios. También existen muchos mitos de que si se involucran sólo con sus pares, no contraerán el VIH”, sentenció Paiba.

La nueva realidad del VIH

Desde la notificación del primer caso en Chile en 1984 hasta diciembre de 2001, 4.749 personas se han enfermado y 5.276 viven con VIH sin presentar síntomas. Otras 4 mil 74 personas han muerto a causa de este mal a diciembre de 2003.
De acuerdo al tipo de exposición, la infección por vía sexual representa al 93.9% de los casos, la transmisión sanguínea alcanza al 4.6% y la transmisión vertical de madre a hijo, corresponde al 1.5%.
La mayor cantidad de casos de VIH acumulados se registra en hombres, que constituyen el 89.1%, mientras que las mujeres representan el 10.9% de las personas notificadas.
En cuanto a la edad, el principal grupo afectado se concentra entre los 20 y los 49 años con el 84.6% de los casos. Los menores de 20 años, representan al 2.2% y el 13.2% es mayor de 50 años.
Según los análisis realizados por Conasida, la epidemia en Chile se presenta con localización urbana y rural, con predominio en hombres homo-bisexuales pero con una clara tendencia ha avanzar hacia las siguientes categorías:
Feminización: Se observa un crecimiento mayor a lo largo del tiempo de los casos de SIDA y portadores VIH en las mujeres, en comparación con los hombres, por lo que la brecha entre ambos sexos, se está acortando.
Heterosexualización: Existe una tendencia al incremento mayor de casos por contagio heterosexual al virus, en comparación con los casos de hombres que adquirieron el virus por ser homosexuales.
Pauperización: hay una tendencia al desplazamiento de la epidemia hacia grupos poblacionales de menor nivel socioeconómico, debido a las variables de escolaridad y ocupación que presentan las personas notificadas.
Ruralización: El análisis de los primeros casos notificados por comuna, indica que la notificación de casos en comunas rurales se ha incrementado a través del tiempo y que la epidemia ha dejado de ser exclusiva de las áreas urbanas.

(Este artículo fue publicado el 11 de julio pasado en La Nación por la periodista Ermy Araya).

No hay comentarios.: